2016 – Agosto

El verano y las vacaciones son palabras que a muchos de nosotros nos evocan paisajes, familia y descanso. Sin embargo, para muchas/os de nosotras/os también nos produce una sensación de intranquilidad cuando pensamos que llega esa época en que las sustituciones van unidas a presión asistencial y cargas de trabajo agravadas, en muchas ocasiones, por nuevas compañeras con poca o nula experiencia en el campo de la oncología. Es en esta época del año especialmente cuando la atención de pacientes oncológicos es llevada a cabo por profesionales de la salud provenientes de diversas áreas o con experiencias en otros campos de la enfermería. ¿Merma la calidad de los cuidados?

Cuando se habla de la atención al paciente con cáncer, es todo un equipo multidisciplinar quien consigue que el enfermo reciba un buen diagnóstico, acceda a los tratamientos que necesita y pase el proceso con la mejor calidad de vida posible. Y en este complejo mecanismo el papel de la enfermería resulta fundamental. Una enfermera oncológica es una pieza clave en la cadena y quien muchas veces da consistencia a las distintas fases de los cuidados oncológicos.

Cualquier época del año es buena para reivindicar la especialización de la enfermería oncológica, pero es en época de estío cuando las dificultades de ser “enfermeras generalistas” pueden aflorar más. Es verdad que las cosas han cambiado mucho en estos últimos quince años, pero no lo suficiente. Todavía nos hallamos lejos de alcanzar una formación especializada y un reconocimiento a nivel legal que nos sitúe al nivel de países europeos donde la especialidad lleva años reconocida.

Parece necesario intentar que, a corto y medio plazo, nuestros niveles formativos curriculares converjan y se armonicen con los emanados desde las diferentes universidades europeas donde la enfermería oncológica está reconocida como especialidad.