2013 – Agosto

La informatización de los cuidados está poniendo de manifiesto la cantidad de tareas que realizamos y que motivan el desgaste físico y mental durante nuestras horas laborales (y extralaborales en algunos casos).

Las nuevas tecnologías nos permiten ser más minuciosos en el registro. Es curioso que, el paso del registro en soporte papel a la pantalla del ordenador, esté “asustando” al personal, ya que se trascriben muchas actividades que antes sólo pululaban por nuestra mente, pero que las hacíamos de forma automática y no poníamos nuestra firma en ellas. Ahora, se pueden nombrar, enumerar, contabilizar, evaluar…

Pero hay cuidados que no encajan con estos infinitivos, que son complejos de etiquetar, de contar, difícil incluso de ver. Es decir, todo el cuidado invisible que no aparece en la lista de actividades de nuestro ordenador.

En un reciente artículo publicado por Isabel Huércanos titulado “Cuidado invisible: donde los medicamentos no llegan”, se define el cuidado invisible como “un conjunto de intervenciones fruto de la observación atenta, la empatía, el conocimiento y la experiencia, que llevan a las enfermeras a la elaboración de juicios profesionales y éticos deliberados, altamente centrados en las necesidades de cada paciente”. Dichas intervenciones, continúa el artículo, a menudo no son registradas ni valoradas institucionalmente, sin embargo, ocupan tiempo de trabajo y tiene un impacto positivo en el bienestar, autonomía y seguridad de las personas, que debería ser considerado.